miércoles, 21 de octubre de 2009

III. Las guerras porno-normativas del siglo XX

Por favor, escribid en vuestras revistas cuánto quise que se legalizara el porno.
Nota de suicidio de Mary Millington



Sin duda, son múltiples los discursos con orígenes diversos que han circulado a través del siglo XX que tienen como objeto a la pornografía; sin embargo, creo que los jurídicos son, en una gran medida, un excelente indicativo del estatus social de la misma. Primordialmente porque en ellos se vislumbra lo que podría concebirse como la respuesta oficial de la sociedad ante un suceso. Partamos de la fantasía (o realidad) de que la norma jurídica representa el consenso de la mayoría: ahí en donde desembocan los estudios y las opiniones, las filias y las fobias de los ciudadanos para convertirse en un discurso unívoco y vinculante. El derecho como culminación de la cartografía pornográfica.
Para quienes estudiamos hoy en día al derecho, quizá puede resultar aún más fascinante la incursión en estos ámbitos porque, al retroceder en la historia legislativa y judicial de la pornografía, la unión entre lo jurídico y lo moral es patente: pocos, muy pocos son los problemas que he enfrentado en los que una referencia a lo ético o moral sea tan directa. Cierto, constituciones como la mexicana perfilan como límite de la libertad de expresión a la “moral pública”, pero me atrevería a afirmar que incluso cuando lo que está en juego es la moral, el lenguaje de los derechos predomina: piénsese en la evolución del debate sobre el aborto (en el que lo que está en pugna son, precisamente, dos derechos) o el relativo a la homosexualidad (en el que los argumentos contra-natura resultan casi inadmisibles o deben, como en el ámbito de la adopción, revestir formas tan específicas como la del interés superior del niño). Sin embargo, tratándose de lo porno, “lo contrario al pudor”, con “carácter obsceno” –en palabras de la obsoleta Ley de Imprenta de 1917– encuentra asidero en la sede estatal. Se penaliza, en palabras de un Tribunal Colegiado, todo aquello que no “pretende propiciar el goce estético, en el que predomina el elemento espiritual sobre el puramente sensible”, sino que busca “excitar el placer sólo en el plano meramente carnal o fisiológico”. Este extracto de una sentencia de 1976 es más que claro: el placer por el placer es ilícito.
Lo extraño de sentencias como ésta, e incluso de la paradigmática Miller v. California, es que no articulan por qué el placer –o lo obsceno– debe ser proscrito. Sólo se perfila, en el caso del Tribunal Colegiado, una razón que, en un Estado liberal, pareciera no tener cabida:
Es obvio que la conducta moral, tanto en el ámbito de las actividades referentes a la perpetuación de la especie y al placer sexual, como en cualquier otro campo, exige que las inclinaciones egoístas o utilitarias y los impulsos meramente carnales o fisiológicos no se desenvuelvan ni desplieguen sin directivas ni limitaciones, ni sean incondicionalmente aceptados o aprobados, menos aún elogiados y estimulados sin restricción alguna, ya que tales impulsos e inclinaciones deben ser dirigidos y encauzados, por medio del predominio de la razón sobre los apetitos y las pasiones
Las resonancias platónicas (¿o cristianas?) son innegables, aunque resultan –repito– bizarras en un discurso liberal: más allá de la importancia de que la razón prime sobre la pasión, de que el individuo sea capaz de controlar sus impulsos egoístas o utilitaristas, meramente carnales o fisiológicos, lo que parece faltar es el argumento liberal por excelencia: el referido al daño
Quizá estoy adelantando, de nuevo, mi propio discurso. Y esto porque, curiosamente, el conflicto jurídico que capturó a Estados Unidos desde los cincuenta hasta los setenta fue articulado en otros términos: lo que estaba en juego era el límite de la libertad de expresión y no la posibilidad misma de que el Estado impusiera algún parámetro moral a las prácticas sexuales de los individuos. Al menos, no directamente,[1] porque tampoco puede ignorarse que lo que se buscaba controlar era la propagación de ideas (y, ¿qué, sino el miedo a que esas ideas transmuten en materia, es lo que está detrás de una regulación así?). En esta guerra, que culminó con Miller (1973), lo que debía definirse era lo obsceno y no la inconstitucionalidad de regularlo. Es así que los jueces de la Suprema Corte de Justicia de aquél país se dedicaron a fijar un parámetro para saber cuándo había que intervenir y cuándo no (parámetros, por cierto, que el Tribunal Colegiado pareció recoger), teniendo como resultado el famoso Miller test. De acuerdo a éste, un material es obsceno (y, por tanto, no está protegido), cuando:
una persona promedio, aplicando los estándares comunitarios contemporáneos, llega a la conclusión de que el trabajo, tomado como un todo, apela al interés lascivo;
el trabajo presenta o describe, de una forma patentemente ofensiva, una conducta sexual o una función excretoria específicamente definidas por la ley estatal aplicable;
el trabajo, tomado como un todo, carece de un valor literario, artístico, político o científico serio.
Aunque según la sentencia, la regulación se limitaba al hard-core porn, la cara que pinta de ella me parece en la misma línea en la que había apuntado: se proscribe al placer, por el placer mismo (escudándose en su naturaleza grotesca, o hard-core para hacerlo). Y quizá la razón fundamental de ello esté en el tercer requisito del estándar: la pornografía carece de algún valor social. Literaria, artística, política y científicamente (o sea, racionalmente) es irrelevante, por lo que su exclusión de la protección –qué fantástico puede ser el lenguaje a veces– del Estado es inevitable.
Con todo, la sentencia se insertó en un contexto histórico concreto. No se puede olvidar que su culminación ocurrió en medio de la liberación sexual. De hecho, no me sorprendería que ante la apertura que comenzó a conocer la sociedad norteamericana, Miller (y la larga línea de sentencias que le precedieron) fuera, precisamente, la reacción a la misma.[2] Curioso resulta que esa misma ola de libertad sexual fuera la que gestaría el siguiente conflicto que conoció la pornografía: su batalla en contra del feminismo radical.
Apenas doce años después de Miller, la ya consolidada industria –no hay que olvidar el advenimiento del VHS, que le permitió alcanzar ámbitos que los cines no abarcaban y recrear experiencias que las revistas no podían– se vio convocada una vez más a la sede judicial –en esta ocasión, ante una Corte de Apelación estadounidense– para defenderse en contra de ataques de un grupo de feministas (énfasis: un grupo de feministas)[3] que la acusaban de ser causa (y efecto) de la subordinación, cosificación y aniquilación de las mujeres. Ejemplo de cómo el lente de una época determina la forma en que se mira lo lascivo… De repente, los órganos se especificaron (falos y vaginas), la clandestinidad se esfumó (la humillación y tortura) y los animales desenfrenados se individualizaron (cazador y presa): (re)nació la pornografía, no ya una narrativa sobre el placer, sobre las relaciones sexuales, fuera-de-la-escena, sino la puesta en escena de las relaciones entre los sexos.


Desde su producción y hasta su consumo, la pornografía explota a la mujer. Al inicio, requiriendo su cuerpo, desnudándolo, poseyéndolo, descuartizándolo, pulverizándolo, empapándolo, penetrándolo. Para la representación se requiere de una presentación: la cámara exige realidad. No se trata de una idea, sino de un hecho: la mujer está siendo penetrada, violentada, atragantada, dominada, sometida, maltratada, humillada. La imagen, el video, es evidencia del delito, prueba fehaciente de una muerte. Y, también, la garantía de su perpetuación:
The message of these materials, and there is one, as there is to all conscious activity, is “get her”, pointing at all women, to the perpetrators’ benefit of ten billion dollars a year and counting. This message is addressed directly to the penis, delivered through an erection, and taken out on women in the real world. (Only Words, [4] p. 22).
El círculo de la producción no culmina con el consumo solitario de un hombre, sino que se extiende hasta alcanzar a su pareja: el masturbador se convierte en violador.[5] “As sex becomes speech, speech becomes sex…” Y si ese discurso es violento, su materialización lo será también...
Sin duda, la acusación no era menor y fue tal su impacto que obligó a los diversos sectores de la sociedad –religiosos, académicos y políticos– a movilizarse para defender sus respectivas posturas. Quizá la participación que resultó la más novedosa fue la de las ciencias: ante el daño alegado, había que comprobar (empíricamente) su existencia. Y es que menos no podía esperarse.
Desde el Estado –bajo Ronald Reagan– se creó una segunda Comisión de Pornografía, encargada de realizar una investigación profunda del porno y revisar, básicamente, la conclusión a la que había llegado la previa Comisión de Lyndon Johnson: que “no existían efectos anti-sociales o adversos como consecuencia de la exposición a materiales sexualmente explícitos”.
Así, el propósito del Meese Report de 1986 era, en sus palabras, “examinar si la pornografía es dañina”. El Capítulo 5 de la segunda parte del Reporte se dedicó en exclusiva a exponer la metodología del estudio y sus conclusiones. La maravilla de leerlo es que la complejidad del fenómeno en cuestión se manifiesta indubitablemente. En términos metodológicos: ¿cuáles serían las variables a estudiar? ¿Qué material pornográfico sería el elegido; cómo distinguiría entre géneros; cómo diferenciaría los grados? Tratándose de los sujetos: ¿se enfocaría en los hombres o en las mujeres; en los adultos, jóvenes o niños? ¿Bajo qué condiciones se realizaría el estudio? ¿Consistiría de entrevistas, lecturas, estadísticas? Y, al estar en juego la determinación de la violencia que genera la pornografía, ¿cómo establecería las causalidades? ¿Cómo dilucidaría qué le corresponde al sujeto concreto, a la pornografía o al sistema de género, reproducido en todas las instituciones de la sociedad?
Como podrán imaginarse, los resultados de las múltiples investigaciones resultaron ser contradictorios. Citando a Karen Boyle, que dedicó su artículo “The Pornography debates: beyond cause and effects” a proponer una nueva metodología para estudiar el fenómeno en el 2000:
Concerns about media “effects” –and about the effects of violent and pornographic media in particular– have led to a massive research industry which has attracted considerable quantities of both funding and publicity over some 60 years. Yet, as has been well documented elsewhere, the results of this vast body of empirical work are both inconclusive and hotly contested. As David Gauntlett notes in a recent article, there are two potential conclusions that can be drawn from any detailed analysis of this research. Firstly, if, despite the plethora of research, direct effects of the media upon behavior have not been identified, we may conclude that they are simply not there to be found. Secondly, it can be argued that media effects research has consistently taken the wrong approach to the mass media, its audience and society in general.[6]
Hay muchos que, al igual que la autora, continúan insistiendo en la posibilidad de establecer interrelaciones directas entre la pornografía y la violencia; mientras existen otros que han dado por terminado el debate, asumiendo que dicha causalidad, si existe, es indeterminable. Claro, lo que también ha ocurrido es que, conforme transcurre el tiempo y nuevos casos saltan a la escena pública –como sucedió en Inglaterra en el 2003 con la tragedia de Jane Longhurst–, la discusión se retoma en sus términos.
Ahora, para cerrar este brevísimo apartado de la participación de la ciencia en el debate, quisiera resaltar dos puntos: su relación con el derecho y sus límites. La belleza de los estudios sobre la sexualidad y el género –para utilizar la terminología dominante– es que no sólo visibilizan prácticas por lo demás invisibles (la desigualdad, la explotación, la censura, etc.), sino que develan el funcionamiento de las diversas disciplinas y herramientas sociales con las que contamos. En temas en los que existe un gran consenso social, la legitimidad de los estudios por lo general es incuestionada: los resultados se asumen, casi sin chistar. Sin embargo, cuando lo que está en juego es un elemento fundamental del orden, se somete a un escrutinio salvaje a todo aquello que pretenda sustentar o derrumbar una u otra postura. El derecho, forzado a la apertura, depende de las construcciones de otras áreas: necesita de sus frutos para crecer. Y no sólo eso sino que, muchas veces, los huecos de la ley son colmados, por completo, por la ciencia: lo cierto, lo verdadero, terminan equiparándose a lo correcto, lo legal, lo justo.[7] ¿Qué pasa, sin embargo, cuando la contingencia de los estándares científicos se develan? ¿Cuándo no existe uno, sino varios métodos que arrojan diversos resultados, contrapuestos e inconclusos? Andrew Murray, al recrear el debate inglés que se desató en el 2003, lo señala puntualmente:
With public opinion therefore split and with no clear justification under either the direct harm or indirect harm principle the Government was faced with making a decision whether to outlaw the possession of extreme pornography purely on public policy grounds… [It finally] set out the belief that “there is a small category of pornographic material so repugnant that, in common with child abuse images, its possession should not be tolerated.” Thus the public policy issue comes down to repugnancy and the protection of social values.
Aquí es cuando una se cuestiona porqué abandonamos la concepción de la política como un arte… Quizá la intuición –tan propiamente femenina (ja)– debería de ser revalorada, sobre todo cuando su opuesto –ay, los bonimios– a veces parece resultar insuficiente, o incluso un estorbo: habría que preguntarse por qué la obviedad de la acusación feminista quedó en el olvido. ¿Que la pornografía recrea el sistema de género? Todo parece indicar que sí; digo, extraño sería que no reflejara las preocupaciones, aspiraciones, fetiches, fobias y modas de su época… Que no recreara los valores predominantes de la misma. Ahora, la verdadera pregunta: ¿qué hacer con ello?
Si tuviera que responder porqué el movimiento anti-pornografía fracasó jurídicamente, sin duda, aludiría al camino por el que decidió transitar: el de la prohibición.[8] Pocas ideas son tan impopulares en la psique norteamericana como la de la censura; al buscar proscribir a la pornografía de la mirada pública (una vez más) sin contar con el respaldo científico del daño, el movimiento sepultó cualquier posibilidad de triunfo. Aquí va la breve historia de lo ocurrido:

Catherine MacKinnon y Andrea Dworkin, cabezas del movimiento anti-pornografía, buscaron impulsar en dos municipios norteamericanos –Minneapolis e Indianapolis– una ley que proscribía a la pornografía. La ordenanza fue vetada en el primero, pero aprobada en el segundo (1984), legalizándose, con ello, su concepción particular de la pornografía, entendiendo por tal:
la subordinación sexual gráfica y explícita de las mujeres, ya sea por medio de fotografías o palabras en las que:
Se presenta a las mujeres como objetos sexuales que disfrutan el dolor o la humillación;
Se presenta a las mujeres como objetos sexuales que experimentan placer sexual al ser violadas;
Se presenta a las mujeres como objetos sexuales atados o cortados o mutilados o lesionados o heridos físicamente, o desmembrados o truncados o fragmentados o divididos en partes corporales;
Se presenta a las mujeres siendo penetradas por objetos o animales;
Se presenta a las mujeres en escenarios de degradación, humillación o tortura, se muestran sucias o como inferiores, sangrando, o heridas, en un contexto en el que estas condiciones sean sexuales; o
Se presenta a las mujeres como objetos sexuales a ser dominados, conquistados, violados, explotados, poseídos o utilizados, a través de posturas o posiciones de servidumbre o sumisión o exposición.[9]
Como era de esperarse, la ordenanza fue impugnada ante la Corte de Apelaciones del lugar. ¿La paradoja? Que fue la libertad de expresión la que reivindicó la misoginia pornográfica. El argumento esbozado en American Booksellers Association v. Hudnut (1985), fue sencillo: si la ordenanza busca derrocar un tipo de discurso –el machista– no puede más que invalidarse ya que el Estado debe proteger cualquier manifestación, por más desagradable que le parezca, en aras de salvaguardar el ideal del “mercado de las ideas”. Bajo la lógica liberal, el peso del discurso feminista debe ser tan fuerte por sí mismo, que no requiere de la intervención estatal para triunfar. La apuesta por la facultad deliberativa del individuo no puede cuestionarse; y menos si a la discusión se añade la posibilidad de caer en la peligrosísima resbaladilla de la censura: fin de la expresión e inicio del silencio absoluto. La ironía estriba en que se terminó por sostener el estándar de Miller: la pornografía seguía siendo proscrita, pero por razones de “moral" y no de desigualdad (aunque, implícitamente, la postura de MacKinnon planteaba lo inverso: lo importante no era lo obsceno, sino lo discriminatorio).
Fue precisamente esta disparidad –o, ¿contradicción?– la que MacKinnon se dedicó a develar posteriormente en Only Words (que recomiendo ampliamente). En él, se avoca a demostrar la tensión entre la libertad de expresión y la igualdad a través de la comparación de dos fenómenos: la pornografía y el acoso sexual (recurre, en varias ocasiones, al racial). Ambos, nos dice MacKinnon, son sólo palabras… Pero en ambos, esas palabras son performativas: con su enunciación, impactan al mundo. Lo cortan, lo tergiversan, lo violentan, lo penetran, lo dañan. Y sin embargo, sólo hemos aceptado regular al acoso sexual (admitiendo, precisamente, ese carácter particular y la dinámica de discriminación que genera), mientras que a la pornografía la dejamos en plena libertad. Decirle perra a la compañera de trabajo, es un delito; grabarlo y difundirlo para el consumo privado, no lo es. Ponerse la lengua entre los dedos simulando sexo oral dirigiéndose a una mujer de la oficina, es acoso; recrearlo, patentarlo y lucrar a través de las imágenes no lo es. ¿Cuál, si existe, es la diferencia entre los dos?
La respuesta, nos dice MacKinnon, es que la pornografía trastoca uno de los ideales norteamericanos más sagrados, mientras que el acoso sexual (hasta entonces) no. Y no sólo se trata de una sensibilidad política, de un cariño democrático, de una nostalgia histórica por la libertad de expresión, sino de los fuertes intereses económicos detrás de ella: ya para 1991 la industria generaba billones de dólares anualmente.[10] Es precisamente el matrimonio entre estos dos poderosísimos intereses el que termina por cobijar, insiste MacKinnon, a la explotación de las mujeres:[11]
Protecting pornography means protecting sexual abuse as speech, at the same time that both pornography and its protection have deprived women of speech, especially speech against sexual abuse. There is a connection between the silence enforced on women, in which we are seen to love and choose our chains because they have been sexualized, and the noise of pornography that surrounds us, passing for discourse (ours, even) and parading under constitutional protection. The operative definition of censorship accordingly shifts from government silencing what powerless people say, to powerful people violating powerless people into silence and hiding behind state power to do it. (Only Words, p. 10).
Ahora, la belleza de reconocer las paradojas que resultan del choque entre lo deseado y lo obtenido es que pueden dejar ver otras opciones que quizá anteriormente permanecieron en la oscuridad. Si la batalla a favor de la prohibición ya estaba perdida, no sorprende, en este sentido, encontrar en el último capítulo de la obra (los esbozos de) una apuesta por democratizar el acceso a los medios, por la multiplicación de esos poderosos beneficiados por la regulación liberal. De alguna forma, la negativa a censurar empuja a buscar las vías positivas de generar cambios: existen, como diría un buen académico pos-regulatorio, herramientas más allá del Command & control que permiten modelar los comportamientos de las más diversas formas… Medios que, desde la libertad, orillan (¿no aman el auto-engaño?) a los individuos a responder de ciertas maneras y no de otras…
Una de las consecuencias de este debate es, a mi entender, la pos-pornografía… Es reacción y producto, a la vez, de las dos posturas aquí expuestas: es una reivindicación del placer democratizado (y, en este sentido, igualitario)… En la próxima entrega ahondaré más en lo post, tratando de articular de forma coherente una multiplicidad de discursos que han ido gestándose a lo largo de estas últimas dos décadas, de mostrar lo que considero representativo tanto de mi postura (dejaré de ser producto de esta época), como la de muchos otros ya… La posmodernidad carnal: próxima parada de Eros…
Los dejo con un adelanto....

[1] Lo curioso del caso norteamericano, por ejemplo, es que en 1969 la Suprema Corte había establecido que el Estado no puede penalizar a los individuos por poseer pornografía. En palabras de la Corte: el individuo “tiene el derecho de satisfacer necesidades emocionales en la privacidad de su hogar” (Stanley v. Georgia). De ahí que la proscripción de la pornografía resulte aun más perpleja: el sexo está bien, pero su reproducción como idea, no. Ahora, claro está que la pornografía no es el único ámbito sexual regulado por el Estado. Éste ha llegado a infiltrarse al grado tal en el que ha penalizado posiciones sexuales (piénsese en la sodomía). Aunque debo admitir que hoy –quizá con excepción de la pornografía y la prostitución, y todo el abanico entre ambas–, su participación en la vida privada de los individuos resulta un tanto incuestionada: ¿qué es el matrimonio sino la regulación de las relaciones amorosas y sexuales posibles? En esta línea, la advertencia que realiza Judith Butler en “¿El parentesco siempre es de antemano heterosexual?” resulta incisiva: no podemos olvidar que buscar la inclusión en la definición del matrimonio –en este caso, de los homosexuales– implica sólo una reordenación de lo permitido y lo prohibido, de lo aceptado y de lo rechazo, mas no una abolición de la norma. Ésta existe, sólo se trastornan sus límites. En este sentido, la naturaleza de la norma es obvia: es un acotamiento, una fragmentación, un encasillamiento, una captura de un objeto y su consecuente petrificación en cuatro paredes. Con todo, nadie –más que los proponentes de la queer theory– parece reprocharle al Estado su incidencia en la conformación de la familia. Todo lo contrario: goza de una protección constitucional.
[2] De hecho, dato curioso: Modern Man se creó en 1952 y Playboy en 1953 y la primera sentencia de la Suprema Corte que lidió de esta forma con la pornografía fue de 1959. Claro, en muchos sentidos las revistas eran ya la culminación de un proceso de varias décadas: a la par del surgimiento de las fotografías eróticas fue el de la postales a mediados del siglo XIX; las primeras revistas que dedicaban algunas páginas a lo erótico en Francia aparecieron a finales del siglo XIX e inicios del XX; ya para los cuarenta, incluso, los pin-ups eran bastante populares. Sin embargo, creo que Modern Man y Playboy pueden leerse como los primeros intentos por insertar a la pornografía en el mainstream, en lo público, desde una posición de legitimidad y hacia un público masivo (muy importante si se considera que las primeras legislaciones tuvieron por objeto asegurarse que los materiales pornográficos disponibles para las clases bajas quedaran proscritos; hasta hace poco, la pornografía era, también, un placer de la élite). Aquí, un brevísimo recuento de la historia de las revistas pornográficas. Aquí, una compilación de las sentencias principales de la Suprema Corte norteamericana en materia de “obscenidad”.
[3] El grupo que llegó a ser conocido como el de las feministas anti-pornográficas no fue el único que se unió a la censura rearticulada. Los ochenta, en Estados Unidos, vio el surgimiento de la Moral Majority, un grupo político-religioso que tenía por objeto la implantación, desde el Estado, de una moral cohesiva. En este sentido, a las voces feministas se unieron las religiosas, algunas psicoanalíticas, y las de políticos conservadores. Dato curioso: el fundador de la Moral Majority, Jerry Falwell, es el mismo que fue objeto de burla de Larry Flynt, fundador de Hustler Magazine, una de las primeras revistas que buscó trasgredir los límites de lo porno, mostrando fotografías de los genitales femeninos absolutamente expuestos. El reverendo llegó a demandar al pornógrafo por difamación (entre otras cosas), desatando un debate que culminó en la Suprema Corte de Justicia norteamericana y a partir del cual se redefinieron los estándares de compensación por causar daño emocional a figuras públicas (parte fundamental de la doctrina de libertad de expresión). Esto en Hustler Magazine, Inc. v. Falwell. Otro dato curioso: Larry Flynt también llegó a burlarse de Andrea Dworkin, cabeza, junto con Catherine MacKinnon, del grupo feminista anti-pornografía. Esto también culminó en una decisión judicial: Dworkin v. L.F.P. Inc.

[4] Only Words, escrito en 1991, es la respuesta de Catherine MacKinnon a la protección constitucional de la pornografía. Es la culminación de los embates legislativos y judiciales que ocurrieron en los ochenta. En este sentido, se enfoca en desarticular el argumento que sostiene que, si la pornografía perpetúa las relaciones de poder entre los sexos, esto es, perpetúa una ideología, debe ser protegida. Recomiendo, ampliamente, la lectura del libro: es una pieza retórica que rara vez puede verse en las facultades académicas y es un fuerte argumento a favor de la igualdad del hombre y la mujer en los diversos ámbitos de la vida (de hecho, se enfoca en realizar la analogía entre la pornografía y el acoso sexual, tema que fue puesto en la escena pública por ella). Así, aunque la vía jurídica que escogió para solventar el problema quizá no haya sido la óptima en un Estado liberal (y su argumento no haya podido comprobarse, según los estudios realizados, empíricamente), su análisis del problema es uno que no puede perderse (tan atinado y feroz fue su estudio que se convirtió en la referencia del debate).
[5] Me parece pertinente citar todo el pasaje: “What pornography does, it does in the real world, not only in the mind. As an initial matter, it should be observed that it is the pornography industry, not the ideas in the materials, that forces, threatens, blackmails, pressures, tricks, and cajoles women into sex for pictures. In pornography, women are gang raped so they can be filmed. They are not gang raped by the idea of gang rape. It is for pornography, and not by the ideas in it, that women are hurt and penetrated, tied and gagged, undressed and genitally spread and sprayed with lacquer and water so sex pictures can be made. Only for pornography are women killed to make a sex movie, and it is not the idea of sex killing that kills them. It is unnecessary to do any of these things to express, as ideas, the ideas pornography expresses. It is essential to do them to make pornography. Similarly, on the consumption end, it is not the ideas in pornography that assault women: men do, men who are made, changed, and impelled by it. Pornography does not leap off the shelf and assault women. Women could, in theory, walk safely past whole warehouses full of it, quietly resting in its jackets. It is what it takes to make it and what happens through its use that are the problem.” (Only Words, p. 15.)
[6] Para un breve artículo sobre la historia del debate de los efectos de la pornografía en la violencia en contra de las mujeres, pueden leer “The pleasure is momentary… the expense damnable? The influence of pornography on rape and sexual assault” de Christopher J. Ferguson y Richard D. Hartley, disponible en la red (gratis).
[7] No podría realizar dicha afirmación sin hacer alusión a la falacia iusnaturalista: pretender derivar de lo que es, un deber ser. Sé que esta distinción ha ayudado, precisamente, a develar las correlaciones que se han realizado en material sexual: piénsese en la afirmación de que, dado que se necesita de un hombre y una mujer para reproducirse, debe ser así. Pero incluso en este debate, no se ha podido prescindir de los avances tecnológicos y científicos para seguir discutiendo lo debido. Hoy, gracias a la tecnología, para reproducirnos necesitamos de un óvulo y un esperma. Qué se deriva, normativamente de ello, seguimos sin saberlo. Lo interesante es cómo seguimos orientándonos por lo que se puede, por lo que es, para derivar lo debido (o querido)… Si quieren leer sobre la relación entre la teoría y la prescripción, les recomiendo Split decisions: How and Why to Take a Break From Feminism de Janet Halley. Aquí pueden leer el primer capítulo en el que aborda, precisamente, esa compulsión por elegir la teoría que deviene en prescripción…
[8] Las críticas a la postura de MacKinnon y compañía son múltiples y variadas. En este sentido, su fracaso en términos de la vía elegida es el menos interesante. Muchos atacaron su premisa –se le “engaña” a la mujer, se le “coerciona” para hacer pornografía y en el acto, necesariamente resulta violentada– y su conclusión –la pornografía produce violencia; en concreto, produce violadores–. En la próxima entrega pretendo analizar lo que yo considero es la réplica a MacKinnon (y a Miller, por cierto): la pos-pornografía. Como se verá, es un movimiento aún naciente y cuyas articulaciones provienen de los más distintos orígenes. En este sentido, no se ha manifestado un discurso unívoco que pueda identificarse como tal (claro, y si me voy a la naturaleza de la posmodernidad, resultaría difícil encontrar esa postura única), pero creo que, teniendo a MacKinnon como fondo, se podrán identificar las diversas respuestas que le han dado.

[9] Lo interesante de la ordenanza es que, aunque en su definición toral habla exclusivamente de la mujer, subsecuentemente señala que el hecho de que se utilicen hombres, niños o transexuales en lugar de aquélla no le resta el carácter de pornografía al material; esto, sin duda, es interesantísimo: se está en contra de la concepción del sexo –y la pornografía– como juego de poder. No importa ya el sexo de los sujetos involucrados, sino la existencia de un dominado y un dominador (el género). Ahora, el otro punto que la ordenanza obliga a contemplar es el relativo al alcance de la misma: el típico debate de cuál es la pornografía que cae dentro de los supuestos y cuál no. En los vínculos que incluyo se muestran videos o fotografías que, en mi opinión, sin duda representan lo que MacKinnon y compañía tenían en mente al prohibir a la pornografía. Lo que ya no resulta tan claro es el resto del material, que parece ser el mayoritario. ¿Playboy, Hustler, Penthouse encajarían en los supuestos? ¿Los típicos videos de compañías como Brazzers, Sin City o Pipedreams Productions? ¿El grueso de los videos disponibles en RedTube, PornHub, PornTube, Xtube?
[10] Según el artículo “Naked Capitalists” de Frank Rich, escrito para The New York Times en el 2001: “The $4 billion that Americans spend on video pornography is larger than the annual revenue accrued by either the N.F.L., the N.B.A. or Major League Baseball. But that's literally not the half of it: the porn business is estimated to total between $10 billion and $14 billion annually in the United States when you toss in porn networks and pay-per-view movies on cable and satellite, Internet Web sites, in-room hotel movies, phone sex, sex toys and that archaic medium of my own occasionally misspent youth, magazines. Take even the low-end $10 billion estimate (from a 1998 study by Forrester Research in Cambridge, Mass.), and pornography is a bigger business than professional football, basketball and baseball put together. People pay more money for pornography in America in a year than they do on movie tickets, more than they do on all the performing arts combined. As one of the porn people I met in the industry's epicenter, the San Fernando Valley, put it, ''We realized that when there are 700 million porn rentals a year, it can't just be a million perverts renting 700 videos each.'”
[11] Un punto que creo es rescatable de MacKinnon es que pone el foco en la violencia y la discriminación; el debate ya es sólo numérico (¿cuántas mujeres (o personas), en efecto, lo sufren?). En este sentido, su postura permite poner atención a las condiciones laborales de los actores porno, de la misma manera en la que se ha buscado regular al trabajo sexual (mi ignorancia no me permite subsumir la primera al segundo). Si la industria deja de estigmatizarse socialmente y se le reconoce como un mercado legítimo (legal), ¿de qué manera podrían garantizarse los derechos básicos de sus integrantes? En esta línea, también debo hacer referencia al otro fenómeno que explotó en la escena ochentera y que sigue siendo materia de discusión hasta la fecha: la pornografía infantil (en México, según leo, un gravísimo problema). Sin duda, existe un lado oscuro en el mundo pornográfico y muchas de las preocupaciones hoy se enfocan en él (aunque insisto, las razones de la oscuridad son otras ya).

4 comentarios:

jose ahumada dijo...

Tu blog es cada día mejor, este post es sencillamente una chingonería.

La nota del suicidio de Mary Millington me hace pensar en la pornografía no solo como la la documentación de la marginación moral de la zona de poder que es la sexualidad, sino en el erotismo como parte de la brillante chispa de la frágil y fugaz existencia humana y en la pornografía como su afán de permanecia, de testificación y de memoria.

gran post.

SantosAFR dijo...

wow.

facebook me dirigio hasta aqui.

empiezo a leer lo no tan random, apenas en el 2006 (sooo retro :P)

mujer, que cabeza la tuya! enhorabuena y sigue que te has ganado otro anonimo fan!!

pd. tmb el arenero la mueve!

Ivan Landa dijo...

No estoy totalmente seguro pero me parece que Calderon modifico la citada ley de imprenta. Aun asi, sigue siendo muy dificil acreditar la personalidad juridica de un periodista, y muy facil que se le acuse de difamacion.-
Creo que en EEUU se hizo la mas grande modificacion justo en la era dorada de la porno (los 70s), por eso podemos ver las siglas y los nombres de instituciones y personas en el cine, por ejemplo.

Anónimo dijo...

Estimada Chica del Arenero, te recomiendo un libro que, creo, te pueden interesar mucho: Pornografía - Sexo mediatizado y pánico moral, de Naief Yehya (Editorial Plaza Janez).

Saludos,
Pablo.