martes, 13 de octubre de 2009

II. La historia (de la historia) de la pornografía

La verdad de la teología es la pornografía. La pantomima de los espíritus.

Pierre Klossowski


Hasta hace poco, mi consumo pornográfico se había limitado a productos de creación reciente. La realidad es que lo más antiguo con lo que me había tropezado –con excepción, quizá, de la portada de Playboy en la que figuró Marilyn Monroe– era la pornografía ochentera (y fue más debido a un error de click que por alguna otra razón). Sin embargo, hace un par de semanas una amiga me regaló Forbidden Erotica, un libro que compila cientos de fotografías de la colección personal de Mark Rotenberg de vintage porn. Y por vintage entiéndase pornografía que data de 1870 a 1940.

El descubrimiento fue impactante, sobre todo por la similitud de las piezas con las actuales. Las partes corporales, las posiciones sexuales, los juguetes utilizados y los participantes son, en más de un sentido, casi idénticos a los de hoy; varía la moda (en la vestimenta y en las formas de los cuerpos)[1] y, no dudo, la institucionalización de la industria (piénsese en el tránsito de la prostitución[2] al nacimiento de los actores porno y el Star System, a la explosión de los amateurs cibernéticos), pero la configuración de lo obsceno, el contenido del tabú, permanece inalterado: el sexo y el placer explicitados. Develados. Exhibidos. Públicos. La narrativa del porno contemporánea consolidada hace más de cien años.

Idea que resultó difícil de contradecir después de analizar la secuencia de un video (¿de los treinta?) que muestra a una pareja incursionar al bosque en busca de aventuras y que termina por revolcarse sobre el mantel de un picnic (convirtiendo en un reto calificar a Golden Choice y sus películas de originales) o uno que parece pertenecer a los veinte y muestra la ya trillada fantasía del hombre que interrumpe un ménage à trois de puras mujeres (quienes acusen al género de ser indulgente con imposibilidades quizá necesitan retroceder un par de décadas para encontrar al culpable). En esta expedición arqueológica, Vintage Cuties, Vintage Classic Porn y Voilà Vintage Porn sólo parecieron confirmar los resultados.

Con todo, el hecho de que estaba descubriendo[3] (a mis veinticinco años de edad y no sé cuántos ya de ser consumidora) la historia de la pornografía fue lo que más llamó mi atención. Las implicaciones de su estatus prohibitivo se tornaron en aparentes: lo condenado al silencio lo es a la inexistencia. A que sus rastros desaparezcan. ¿De qué otra forma interpretar la casi absoluta indisponibilidad de referencias históricas? Los clásicos de la filosofía, política, arte, música, moda y ciencia son pilares de la educación que uno recibe no sólo en la escuela, sino también a partir del entramado mediático social. Piénsese en la cantidad de películas referidas a eventos de antaño (que recrean cada detalle: el vestuario, la arquitectura, el lenguaje, las relaciones sociales); los desfiles de moda cuya inspiración surgió del estudio de alguno de los siglos transcurridos; los museos dedicados a restaurar, conservar y exponer obras artísticas milenarias… La caza por los orígenes es constante y la Historia es nuestra arma predilecta para ello. En este sentido, ¿qué puede decirse de un objeto que incluso la Historia se rehusa a documentar? [Y, paréntesis: ¿qué puede decirse de la Historia cuando ésta se niega a cazar?][4] Claro, no podía ignorar que el libro de Taschen era ya indicativo de un cambio [otro paréntesis: la conversión es fantástica: las fotografías sueltas son pornografía, éstas compiladas con el sello de una editorial con el renombre de Taschen son dignas de ser estudiadas] y fue precisamente esto lo que me llevó a a Michel Foucault y a Jeffrey Weeks, autores que dedicaron parte de sus vidas académicas al estudio de la historia (de la historia) de la sexualidad.


Con ellos, los dos niveles de la reflexión se dilucidaron: por un lado, el relativo al cambio que ocurrió en la ciencia, a partir del cual la sexualidad se convirtió en objeto de estudio, y por otro (y quizá como producto de dichos análisis históricos), el descubrimiento referido a las mutaciones de las formas de regular la sexualidad a lo largo del tiempo (y, por tanto, sus expresiones específicas). Esto es, una cosa es quién y desde dónde se estudia a la sexualidad; y otra es cómo y cuándo ésta se manifiesta. Claro, si sigo al pensamiento foucaultiano, no dudo en afirmar que las transformaciones de la ciencia –en tanto forma de cultura– terminan por impactar a la sexualidad –otra forma de cultura–, o que exista, incluso, una relación inversa (o, es más, una interrelación). Si algo queda claro al leer su primer volumen de La historia de la sexualidad es que los discursos científicos –como lo fue el psicoanalítico en el siglo XIX– forman parte de la regulación de las formas sexuales (como hoy lo son los derechos sexuales y reproductivos).

Con todo, el interés cognoscitivo por la sexualidad tratando, al menos temporalmente, de prescindir de calificaciones sobre su legitimidad (o legalidad), y gozando de un mínimo de respetabilidad en las facultades académicas es una novedad del siglo XX (en este sentido, Foucault es parte de esa tendencia). Gracias a la confluencia de la antropología, sociología, psicología e historia (primordialmente), se comenzó a gestar un nuevo enfoque (énfasis, un nuevo enfoque) de la sexualidad que culminó con la ya conocida afirmación posmoderna de que ésta es –oh, sorpresa– una construcción social. Y en tanto tal, va cambiando a la par del resto de los sistemas que rigen la vida en sociedad: el económico, político, religioso, tecnológico, médico, científico, artístico y familiar. Es un orden trastocado por los otros, que lo cortan, despedazan, reintegran, maquillan, esconden o aplauden.

Rastrear las maneras en las que se (de/re)construyen los discursos sobre la sexualidad y preguntar cuál es la lógica del poder que se esconde detrás de ellos se convirtió en el modus operandi. En palabras de Foucault:

… El punto esencial (al menos en primera instancia) no es saber si al sexo se le dice sí o no, si se formulan prohibiciones o autorizaciones, si se afirma su importancia o si se niegan sus efectos, si se castigan o no las palabras que lo designan; el punto esencial es tomar en consideración el hecho de que se hable de él, quiénes lo hacen, los lugares y puntos de vista desde donde se habla, las instituciones que a tal cosa incitan y que almacenan y difunden lo que se dice, en una palabra, el “hecho discursivo” global, la “puesta en discurso” del sexo. (Historia de la sexualidad, Volumen I, p. 19)

Aunque Foucault representa una forma de estudiar a la sexualidad, creo que la manera en la que articula el proceder científico es una que puede llegar a servir de telón de fondo cuando se incursiona en el terreno pornográfico (o, claro está, cualquier otro de tinte sexual). Es a partir de esta explicación que pueden entenderse los dos cambios a los que venía refiriéndome: aquéllos que refieren a quiénes y cómo tratan a la pornografía, y aquéllos que versan sobre las mutaciones en la pornografía. Sin duda, especificar los giros que ocurren cuando se analiza un subsistema de la sexualidad –que a su vez es parte del entramado social– es difícil: explorar las causas que subyacen a la metamorfosis y desenmarañar qué le corresponde a la tecnología, al mercado, al derecho, a la política, a la religión o a la demografía (por nombrar sólo algunos factores que inciden en la conformación del discurso del placer) en realidad resulta más un arte que una ciencia. Sin embargo –y quizá, por lo mismo–, es un ejercicio que enriquece de manera exponencial la mirada –tanto lasciva como científica– de quien se entromete en la ceremonia del porno.

Que sirva lo anterior, pues, como base del recorrido. Sobre todo para enfatizar un punto que ya se adelantaba en la primera entrega de este ejercicio: la complejidad de analizar objetivamente la pornografía (suponiendo, claro está, que es posible). Paradoja recalcarlo después de exponer la tendencia científica a estudiarla, pero es que incluso adentrándose en ésta, el pánico que puede provocar lo porno es manifiesto (y refiero al pánico y no a la imposibilidad de ser neutral al sentirse excitado, porque luchar en contra de la culpa siempre será un obsctáculo mayor a la pérdida de tiempo –o ganancia– que implicaría una liberación).

En Forbidden Erotica se incluye una entrevista al coleccionista y en ella, narra su tropiezo con las primeras fotografías antiguas: escarbando en la basura de un departamento perteneciente a un recién difunto, descubrió más de mil quinientas imágenes eróticas, algunas que databan de 1870 o incluso antes. De ahí, comenzó a investigar, acudiendo a revistas pornográficas –las revistas Screw y Cheri– sólo para darse cuenta de que incluso éstas ignoraban a sus antepasados:

I would go in and visit the editors or art directors at these publications, and they would ohh and ahh and exclaim that they had never seen images that old of that type. They were only dealing with new material. They loved the idea of using the old images. I began to learn more and more about them as a result of speaking with these people. I learned, for example, that the material was really very rare. I learned that much of it was distributed in sort of underground ways, not sold in public venues, certainly not available in postcard shops, unless one knew the right word to say.

Continúa su narración, aludiendo a diversos rendezvous que tuvo con personas para intercambiar el material y la naturaleza clandestina de los encuentros. Ante la pregunta del sentido de peligro que subyace a la experiencia, respondió:

Well, it’s erotica; it’s not as if you’re meeting to discuss the sale of a collectible doll. It’s material that not everyone is thrilled to have or is thrilled to see or is thrilled to sell. There’s a bit of a scandalous –and let’s say somewhat illegal– feeling, even though the material isn’t strictly speaking illegal, when it’s in the possession of adults.

Relato similar ofrece el productor de Pornography: The Secret History of Civilisation, una serie documental sobre la historia de la pornografía, en una entrevista interesantísima sobre la odisea que resultó la producción:

When I tell people that I have been working on six one-hour documentaries recounting, for the first time, the history of pornography, they take this in a number of different ways. One or two are genuinely interested, but few can resist expressing varying degrees of distaste, from outright disapproval to a liberal yawn. Almost everyone is too polite not to feign interest and for this they pay dearly as they are pinned against the wall and harangued about the finer points of pornographic history until they make a determined attempt to escape.

Y es que cuando uno se percata tanto del significado de pornografía (la grafía de la prostitución) como de lo obsceno (lo que permanece fuera de la escena, en palabras de Linda Williams: “something rigidly kept off (ob) the scene of public representation”), la duda de que se está ante una especie de pecado original se difumina. Y es que en el fondo la pornografía forma parte del sistema que llegó a vincular directa y exclusivamente al sexo con la reproducción y que, dada esta relación, proscribió cualquier manifestación sexual encaminada al placer y no a la perpetuación de la especie. ¿Qué es la pornografía si no la puesta en escena del placer por el placer mismo? En esta línea, el rechazo que provoca es uno que emana de los confines más profundos –inconscientes– de la psique colectiva porque trastoca, precisamente, lo sagrado: la sexualidad puesta al servicio de Dios.[5]

Ahora, Barba y Montes marcan el inicio del “fenómeno” pornográfico a finales del siglo XVIII, fecha que adquiere sentido una vez que se reconoce su contexto: uno de cambios políticos y científicos extraordinarios. La Ilustración, la Revolución Francesa y la Independencia de Estados Unidos, por marcar sólo tres acontecimientos, implicaron la instauración (de una vez por todas) de la razón y la libertad como bases de la sociedad.[6] En este nuevo orden, el papel de la Iglesia comenzó a cambiar, convirtiéndose en el objeto de crítica de las diversas corrientes dominantes. Desde esta perspectiva, podría entenderse el nacimiento de la pornografía como un elemento rebelde que se unió a la fila de los críticos:

The category “pornography” is relatively recent and postdates modern European obscenity by at least two hundred years. The first obscene book, The Raggionamenti, was composed by Renaissance Humanist, Pietro Aretino (1492–1556) between 1534 and 1536. The Raggionamenti is both a bawdy dialogue between two whores and a biting satire of Renaissance church and state. For the next three hundred years, obscene texts usually included anti-clericalism, religious skepticism, and political satire. During the eighteenth century, pornography played a particularly important role in intellectual life: dirty books were among the century's best-sellers and obscene pamphlets spread the spirit of criticism from the intelligentsia to a small, literate public. Late in the century, Donatien-Alphonse-François, Marquis de Sade (1740–1814) perfected the themes of eighteenth-century pornography in a series of violent and explicit novels that advocated a thorough rejection of all norms, be they political, moral, or religious. (Pornography, Encyclopedia.com) [7]

Al final, somos herederos de una tradición particular: la cristiana-occidental. Y la pornografía, en parte, se entiende como contraposición a ella. Ahora, quizá la paradoja estriba en que, al concebirse como binomios que se complementan, lo porno no puede articularse más que como tabú, como pecado. Sin duda, Barba y Montes parecen sugerir precisamente eso al contrariar los argumentos que lo postulan como subversivo; para ellos: “el porno reafirma el orden social en que se asienta”. Dejaré su condena conceptual (y etimológica, por cierto) para después…

Creo que al conflicto religioso debe sumársele otro que, históricamente, le procedió. Weeks nombra como nuestro antepasado sexual directo al modelo heteronormativo y de categorización de las conductas sexuales de los siglos XVIII y XIX y Foucault afirma que es precisamente de la “edad de la represión, propia de las sociedades llamadas burguesas” de la “quizá todavía no estaríamos completamente liberados” (esto lo escribió en 1977). En esta época, la conducta sexual vino a ser regulada desde una nueva disciplina: la psiquiatría y el psicoanálisis. Aunque los efectos de este giro son amplios y variados, creo que tiene uno que comparte con su antecesor: la determinación de lo normal (natural) y lo anormal (anti-natural).[8] Desde entonces, la pornografía ha tenido que derrotar una doble presunción: la de pecado o la de perversión.[9]

Aunque en el siglo XX ha librado diversas batallas en otros ámbitos –y en contra de otros enemigos–, creo que el pánico que la experiencia pornográfica sigue engendrando es más antiguo. Lo que subyace a la mayoría de las oposiciones es, precisamente, el repudio a lo pecaminoso y perverso. Quizá la única objeción genuina, desde entonces, ha sido la de su violencia (y que analizaré más a fondo en la siguiente entrega)…

Con todo, valga la mirada al pasado para descifrar al presente; más aún cuando creo se están gestando importantes cambios en el discurso sobre la pornografía, no sólo por la revolución que están provocando los nuevos medios de producción (pienso en la disponibilidad masiva de las cámaras de fotografía y video) y de distribución (el Internet posibilita que todos expongan y todos espíen) en la experiencia personal y social de la pornografía, sino también por la incidencia que ha tenido el discurso democrático, por un lado, y hedonista, por otro, en esta ceremonia carnal.

En las subsecuentes entregas, pretendo caminar por los senderos discursivos del siglo XX que han predominado en los espacios jurídicos y políticos (primordialmente), para intentar explicar ese último giro que vislumbro en el mundo del porno. Veamos si es cierto que lo ob-scene se ha convertido en lo on-scene y que está gestándose una verdadera reivindicación del placer…*


[1] A varios de mis amigos les tocó ser emboscados por el libro (genuinamente quería compartir mi felicidad). Lo que más me impresionó fue su rechazo a la estética de la época: todos (quizá valga matizar los números: seis personas) estaban más pendientes del grosor de los cuerpos (cómo no, si vivimos en la era de la delgadez extrema) o lo tupido del pubis (cómo no, si vivimos en la era del Brazilian wax), que del acto que se estaba mostrando. Increíble: nuestra capacidad de excitarnos está directamente relacionada con los estándares de belleza (qué estúpida puede ser la obviedad a veces).

[2] Dato curioso: la palabra pornografía tiene un origen griego (oh sí, qué sorpresa), en concreto, de la palabra pornographia: la unión entre πόρνη (pornē, “prostituta” y pornea,“prostitución”) y γράφω (graphō, “ilustración”). No decido aún si su etimología la condenará siempre a la periferia de lo permitido (al menos de que el significado de prostituta cambie), o si puede desprenderse de su origen y transmutar (como creo lo está haciendo) a algo más.

[3] Encontré este post curioso de Dave Hill en el Huffington Post: The History of Pornography. Narra su experiencia de descubrir la historia de la pornografía. Valga para explicitar un punto: las líneas que le dedica a los expertos que aparecieron en el documental que vio. ¿Cómo es posible que personas que parecen ser del tipo que se quedan en casa para discutir Shakespeare estén platicando sobre pornografía? Éste es el giro científico que ha ocurrido en el siglo XX: la sexualidad (en todas sus manifestaciones) es ya objeto de estudio (tan serio que sus académicos son barbudos).

[4] Apenas en agosto de 2009 salió un artículo en Times Online que narra la experiencia de su reportero de descubrir el “Porn Cupboard” del Museo Británico. Ahí, guardan una cantidad impresionante de piezas “pornográficas” que no se consideran aptas para el público; sin embargo, dado que el museo está obligado a preservar las piezas culturales –aunque éstas resulten ofensivas– ha resultado ser uno de los más impresionantes acervos de la pornografía. Punto interesante: conformen cambian los tiempos y los estándares se modifican, van liberando obras. Así, La cama de Rembrandt, antes confinada al cuarto 205, ahora es parte de la colección abierta al público.

[5] Si atiendo a la lectura que Octavio Paz realiza de la transformación histórica del concepto del erotismo y amor (en La llama doble), la pugna entre el cuerpo y el alma –lo irracional y lo racional, lo profano y lo sagrado– es incluso más antigua. Bien explica que la dicotomía puede identificarse claramente ya con Platón.

[6] De hecho, Barba y Montes se centran más en el discurso mecanicista que en el laicista para explicar el nacimiento de la pornografía. Me parece importante citarlos: “En realidad la pornografía tal y como hoy la conocemos nace con Boyle, con Newton, con Galileo, con Descartes. En la antología de textos recogidos por Lynn Hunt bajo el título The Invention of Pornography, se hace ver que ‘entre el siglo XVII y XVIII ocurrió una enorme transformación filosófica en Europa; la naturaleza se mecanizó, los cuerpos se atomizaron, se despojaron de sus apariencias y cualidades, se hicieron cognoscibles sólo en virtud de su tamaño, forma, movimiento y peso. El sentido de sus movimientos se desplazó al estudio de la interacción entre unos cuerpos y otros’. No es de extrañar que entre 1650 y 1690 la misma generación europea que trata de mecanizar y atomizar la naturaleza invente el discurso materialista y, con él, posibilite la pornografía. La nueva concepción del mundo precisaba de una nueva forma. La misma narrativa erótica asumió rápidamente el nuevo materialismo mecanicista; hombres y mujeres se unían como individuos sin dimensión social, ya no eran miembros de corporaciones como Familia, Corte o Iglesia, se unían como compradores y vendedores. El discurso pornográfico proveía el vínculo perdido entre lo social y lo metafísico en pleno estado de transformación, y era la ley del placer la única a la que los cuerpos reaccionaban mecánicamente (o incluso mecanizadamente).” La ceremonia del porno, pp. 133-134.

[7] Aquí, el vínculo a “The history of pornography” del Meese Report (1986), reporte que significó la culminación de la investigación que realizó la Comisión de Pornografía integrada bajo el mandato de Ronald Reagan. En este “capítulo” podrán leer sobre las primeras regulaciones de la obscenidad (entre los siglos XVII y XX) en Inglaterra y en Estados Unidos

[8] Aquí es cuando digo: Dios no murió, sólo fue destronado. El reino es el mismo, sólo sufrió una redecoración.

[9] Al referirse al funcionamiento del poder que la sociedad burguesa ha hecho funcionar sobre el cuerpo y el sexo, Foucault escribió: “No fija fronteras a la sexualidad; prolonga sus diversas formas, persiguiéndolas según líneas de penetración indefinida. No la excluye, la incluye en el cuerpo como modo de especificación de los individuos; no intenta esquivarla; atrae sus variedades mediante espirales donde placer y poder se refuerzan; no establece barreras; dispone lugares de máxima saturación. Produce y fija a la disparidad sexual. La sociedad moderna es perversa, no a despecho de su puritanismo o como contrapartida de su hipocresía; es perversa directa y realmente. (Historia de la sexualidad, Volumen I: La voluntad de saber, pp. 61-62).

* Como última sugerencia de este apartado, los invito a ver la entrevista que realizó Alain Badiou a Michel Foucault en 1965 intitulada Filosofía y Psicología, disponible en YouTube (parte 1, parte 2 y parte 3). Me parece que en ella Foucault plasma, de manera muy elocuente y estructurada, su concepción de la historia, relacionándola con la filosofía y la psicología, en este caso. Las diversas precisiones que realiza (esa casi compulsión que parece tener por concretar las preguntas a responder, distinguiendo entre niveles cognoscitivos), así como su forma de concebir a la filosofía y la psicología (formas de la cultura) y la manera en las que éstas transmutan (o no) con el paso de los años, están presentes, también, en su Historia de la sexualidad (Volumen I), por lo que puede resultar bastante ad hoc dado el ejercicio que aquí se ha desplegado.


4 comentarios:

Geraldina dijo...

Me va gustando mucho. Me acordé de todas esas vasijas y pinturas griegas que ilustran gente teniendo sexo. Como dices,lo que cambian son las modas alrededor de él, pero el sexo siempre ha estado allí. Me gusta tu propuesta de que gracias al internet quizá la pornografía se popularice, en ambos sentidos, en el sentido de su oferta pues todos podemos y claro de demanda, pues no hay que ir al quiosco a comprarla públicamente.
Interesante análisis sobre el orígen de la palabra y la relación de la pornografía con el pecado...me deja pensando.
Por cierto, las fotos, como ya te había dicho me parecen wow! Como tú dices, me llama la atención ver una foto porno de época. Son excelentes! Seguiré leyendo...

YoLoL dijo...

Muy interesante artículo; seguiré leyendo la serie conforme tenga oportunidad.

Como menciona Geraldina, la representación gráfica del ser humano en actos sexuales ha estado probablemente desde la invención del dibujo, según recuerdo en Pompeya existen mosaicos de este tipo, pero como mencionas en tu artículo, la interpretación5 (fin(?) que se la da a estas imágenes ha evolucionado en función de las normas sociales.

En fin, seguiré leyendo también =)

Zyanuro dijo...

Anónimo dijo...

Un punto de vista


Algo que siempre me ha llamado la atención es la importancia de la mirada en este tipo de performances.

Si alguien quisiera vetar la pornografía, vastaría con tapar los ojos de los "actores" y, a mi modo de ver, se acabaría todo.