viernes 28 de octubre de 2011

dirty little things

No me sorprende, conociéndome, que el arenero se haya convertido, como me dijo un buen amigo, en un "charquito". A estas alturas, creo que incluso esa analogía es gentil: el arenero es sólo arena. Desierto.

Como dije: conociéndome no me sorprende. Aparentemente, tengo épocas de vómito y etapas en las que poco puedo escribir. Creo -"afirma ella, con cautela, a pesar de la evidencia"- que estoy en un periodo así.

Con todo, he encontrado en Tumblr un espacio que parece estar confeccionado para mi estado actual: es la mezcla entre Twitter y un blog, con un rango de posibilidades intermedias que, por ahora, me parecen atractivas. Y decidí dedicarlo, exclusivamente, al tema de la sexualidad, hoy fundamental para mí. Se trata, en realidad, de un archivero: ahí guardo, día con día, pensamientos aislados, fotografías únicas, videos específicos, que van formando, post a post, lo que para mí parece ser (o espero que sea) un continuo. Al menos, una fuente para una creación posterior.

Le tengo demasiado cariño al arenero y, en este sentido, no puedo clausurarlo. Pero, en tanto no decida (me pregunto qué tanto se trata de una decisión) jugar aquí, los invito a dirty little things.

jueves 27 de octubre de 2011

On Photography

Como muchas otras veces, escogí leer un texto por ciertas razones, y continué leyéndolo por otras. Busqué On Photography de Susan Sontag por una idea: la fotografía como una imposición de lo que es (lo que se captura) y lo que no es (lo que no se captura, y permanece fuera del cuadro). El primer capítulo del libro, In Plato's Cave, me ha ofrecido una infinidad de ideas, y sigo un tanto pasmada.

En este fragmento del libro, Sontag ofrece una imagen de la fotografía. La belleza está en que son múltiples: la fotografía, la cámara, el acto de fotografear implican tantas cosas, y repasa cada una de ellas de una forma fantástica (qué pluma...). Me limitaré sólo a algunas de ellas que han llamado hoy mi atención (aunque cada una invita a una reflexión tan rica, que por eso los insto a leer el ensayo).

Sontag escribe que uno de los primeros usos populares de la fotografía consistió en la memorialización de la familia. La fotografía como la documentación -la construcción- del retrato familiar. La imagen del día de la boda -como bien señala- es tan importante ya como los anillos, como los votos, como el beso: es el recuerdo eterno del momento en que sucedió. Testimonio del amor. Alude a cifras que indican cómo un hogar con hijos es más proclive a tener más de una cámara, a diferencia de las casas aún sin descendientes: la fotografía se convierte en el símbolo de la atención, de nuevo, del amor. "Those ghostly traces, photographs, supply the token presence of the dispersed relatives". Trazos fantasmagóricos de los que ya no están: antaño, sería la abuela, la bisabuela, la tatarabuela (fantasmagóricos, en efecto: pocas sensaciones tan extrañas como la de ver a un pariente tan lejano en el tiempo y reconocerse en él), hoy, el padre, la madre, el hermano, el tío divorciado, separado, desintegrado. Gran paradoja, señala la autora, correlativo a la deconstrucción de la familia, su construcción imaginaria. Hija de padres separados, es tan extraño contemplar la última foto que nos tomamos como familia: al menos existimos. Es doloroso, y a la vez esperanzador, es ambivalente: fuiste, ya no eres, pero fuiste. Las fotografías son trofeos. Prueba de triunfos pasados. Recordatorios de gloria. Aliento, al fin.

En este sentido, ¿qué papel juegan las fotografías en las relaciones amorosas? En esta época de amores mercuriales -en términos de José Antonio Marina-, en la que el amor se filtra por los dedos hasta desaparecer, ¿qué valor tienen esos testimonios de lo que alguna vez fue? Se toman para capturar un momento: de felicidad. ¡Qué pareja! ¡Qué besos! ¡Qué miradas! Y de repente, transmutan. ¡Qué pareja! ¡Qué besos! ¡Qué miradas! Lamentos. Enojos. Nostalgia. Evolucionan junto con uno: están vivas. El tiempo no sólo las envejece -y con ellas, a nosotros- sino que las trastoca. De ahí, querer quemarlas. De ahí, querer borrarlas. De ahí, querer pulverizarlas. Y de ahí, guardarlas. Demostrarlas. Colgarlas. No está viva: es vida. Y la podremos negar, odiar, amar, esconder, exagerar, pero no podemos matarla. Sería casi como matarnos a nosotros mismos. De ahí lo simbólico de ver su cara quemarse, achicharrarse, hasta convertirse en polvo: masacrar una fotografía es aniquilar la vida. Ese momento, esa persona, esa historia, ese fragmento. Es una sepultura. Cierto, queda la memoria, pero si algo la caracteriza es su capacidad para desvanecerse. Por algo, hacer consciente lo inconsciente es una labor tan perenne...

La fotografía no es sólo esto (repito: la belleza del ensayo está en cómo captura la plétora de significados que se esconden detrás de la imagen), sino un arma ideológica. "Las fotografías no pueden crear una postura moral", escribe, "pero pueden reforzarla -y pueden ayudar a construir una naciente". La cámara es ya un lente, una postura en sí misma: captura lo que se busca, rara vez lo que se encuentra. El interés viene prefigurado. El reportero va detrás de la noticia, el camarógrafo de moda, detrás de la belleza. Ambos conceptos ya delimitados por el rumbo del cual provienen: esto vende, esto se entiende, esto se aprecia, esto comunica. Es un lenguaje: se necesitan al menos dos que lo hablen.

"Though an event has come to mean, precisely, something worth photographing, it is still ideology (in the broadest sense) that determines what constitutes an event. There can be no evidence, photographic or otherwise, of an event until the event itself has been named and characterized. And it is never photographic evidence which can construct -more properly, identify- events; the contribution of photography always follows the naming of the event. What determines the possibility of being affected morally by photographs is the existence of a relevant political consciousness. Without a politics, photographs of the slaughter-bench of history will most likely be experienced as, simply, unreal or as a demoralizing emotional blow."

La materia necesita de la idea. Si no, no importa. Y si algo no importa, es como si no existiera. Y a la vez, es inevitable estar inmiscuido en ese entorno ideológico. Pienso en los genios que se "adelantan a su tiempo", y pregunto: ¿de dónde, si no es de su tiempo, surgieron esas ideas? O quizá me equivoque y los augurios existen: las premoniciones. ¿Adivinanzas? ¿Intuiciones? ¿Son las excepciones? O, ¿son sólo mitos? O, ¿son ese fragmento del continuo histórico en donde las ideas toman la delantera y revolucionan al mundo? An idea -a photograph- can change the world...

Por último, la fotografía como una incisión, pero -a la vez- la fotografía como una anestesia. Golpe que despierta, droga que adormece. Relata Sontag de la primera vez que se encontró con las imágenes de Bergen-Belsen, imágenes del horror de los campos de concentración: dividieron su vida en un antes y un después. La cortaron. La cercenaron. Pero también -cuenta-, la mataron "...something went dead; something is still crying".

Pérdida de la virginidad: después de esto, poco importa ya. Lo más difícil, pasó. El shock, el tránsito, el cambio, la metamorfosis ocurre: se divide la vida. Y todo va en picada. Ya no tiene el mismo sabor, la misma emoción, la misma importancia. Que no por eso no se disfruta, pero la seducción original, el encantamiento -propio de lo desconocido- se pierde. Y de ahí la falta de sorpresa. Más aún cuando se suma a la ecuación, como bien sugiere, la sobre-exposición. "At the time of the first photographs of the Nazi Camps, there was nothing banal about these images. After thiry years, a saturation point may have been reached. In these last decades, 'concerned' photography has done at least as much to deaden conscience as to arouse it".

A partir de la guerra en la Franja de Gaza de los últimos meses, recibí varios correos en los que se comparaban fotografías de esta tragedia con las de la Alemania Nazi: réplicas, distantes sólo en el tiempo, su única diferencia. Extraña la sobreposición. No dudo que su propósito haya sido atacar a las víctimas convertidas en victimarios. ¿Mi sorpresa? El horror no es el mismo que las originales alguna vez provocaron. De repente, es una historia bien conocida, demasiado conocida. La indignación se ahoga en la repetición incesante. ¿La tragedia? A veces no sé cómo rescatarla.


¿Cómo van ustedes con su recuperación?

Ceci n’est pas un neurone


Ante la pregunta de qué cambiaría todo, Richard Dawkins contestó: el derrumbamiento del muro que separa a las especies. En concreto: la cópula exitosa entre un humano y un chimpancé. La sola frase estremece, y es precisamente porque con ella se manifiesta qué es ese todo que cambiaría. Basta con que ocurra, escribió el científico, para que “nuestro preciado sistema de normas y ética” se colapse ante nuestros “oídos”. “Los párrocos balbucearían, los abogados se regocijarían con anticipación, los políticos conservadores retumbarían, los socialistas no sabrían dónde poner sus barricadas”. De repente, seríamos changos. Somos, nos dice, empujándonos a deshacernos de ese esencialismo humano que tanto le molesta, obligándonos a reajustar nuestros paradigmas a una realidad científica, recordándonos que los edificios conceptuales que construimos están al servicio de lo que es, y no al revés. Atrapados en preconcepciones, aferrados a ideales, atados a cadenas imaginarias nos rebelamos en pánico y rezamos: un humano es un humano es un humano

Una reacción menor no podría esperarse. Dawkins tiene razón: lo cambiaría todo. El doberman de Darwin es incluso más peligroso que Copérnico: no sólo perdemos nuestro lugar en el universo, sino lo que somos. No se trata sólo de un desplazamiento, sino de una verdadera pulverización: las partículas esparciéndose hasta formar el largo continuo que es la evolución de las especies. Octavio Paz bien lo intuyó: lo que está de por medio es la idea de la persona humana, “fuente de las libertades políticas e intelectuales; asimismo, la creadora de una de las invenciones humanas: el amor”.

En La llama doble, Paz dedica su penúltimo capítulo a revisar la relación entre la ciencia y la filosofía (y las implicaciones de ambas en la vida, la cultura). Relación que, a partir del siglo XX, se convirtió en una de unión: gracias a los descubrimientos de la ciencia –en particular, a la teoría de la relatividad de Einstein y el Big Bang–, las incógnitas a las que se habían enfrentado dos mil quinientos años atrás resurgen, obligándolas a entrelazarse de nuevo para ver si juntas pueden ofrecer respuestas (finalmente) insólitas.

Es increíble leer a Paz con Dawkins: representan el enfrentamiento de ambos mundos. El primero, filósofo y poeta, se inmiscuye en la ciencia para cuestionarla con su sistema de pensamiento; el segundo, científico, se ve forzado a entrar a los edificios conceptuales para trastocarlos con sus verdades. Entendiendo el lenguaje del otro, lo fusionan con el propio: Paz dibuja al Dios detrás del Big Bang; Dawkins devela la ciencia detrás de los cristales mágicos. Todo es poético y todo es científico: ¿cómo conciliar?

Dawkins parte de la ciencia, y para él, la ciencia es la verdad, pura y simple. Ahora, debido a que éste es el siglo XXI (y que comenzó su labor en el XX), no se salva de la contienda posmoderna: su idea debe luchar en la gran arena del relativismo cultural y defenderse. De ahí las páginas que le dedica a desenmascarar la ridícula pretensión de igualar todas las manifestaciones humanas: existe una única que va más allá de las construcciones sociales y los juegos conceptuales y ésta es la verdad científica. Existe. Y es fundamental reconocerlo para comenzar el debate sustancial: ¿cómo y en qué medida la verdad científica revolucionará al mundo?

En “Science, Genetics, and Ethics” aborda el punto que preocupa a Paz: la relación entre la ciencia y la ética. Aquí escribe que, en efecto, “la ciencia no tiene métodos para decidir lo que es ético. Este es un asunto para los individuos y para la sociedad. Pero la ciencia puede aclarar las preguntas que se formulan, y puede aclarar malentendidos complicados”. Ofrece diversos ejemplos, entre ellos el del aborto: “la ciencia no puede decirte si el aborto es asesinato, pero te puede advertir que podrías estar siendo inconsistente si crees que el aborto es asesinato pero que matar a un chimpancés no lo es”. Si la diferencia entre ambos son grados en un continuo evolutivo, el concepto que los distingue y su correlativo estándar ético se difuminan: la realidad modifica a la idea. “You cannot have it both ways”, repite una y otra vez, acorralándonos, una y otra vez. La ironía es que nos atrapa en nuestro propio juego: ¿qué es la consistencia sino una camisa de fuerza auto-impuesta?

Y resalto este punto en particular por las observaciones que Paz realiza cuando revisa la teoría del Big Bang. En sus palabras:

No obstante, postular a la nada, al no-ser, como anterior al ser, según se deduce de la hipótesis del big-bang, es afirmar algo igualmente contradictorio: la nada es el origen del ser. Esta afirmación nos lleva directamente a la sentencia que es el fundamento religioso, no racional, del judeo-cristianismo: en el principio Dios creó al mundo de la nada. La respuesta religiosa, introduce un tercer enigma entre el enigma que es el no-ser y el enigma que es el ser: Dios. Pero la hipótesis científica es aún más misteriosa que la Biblia: omite al agente creador. Confieso que me parece más razonable, aunque me deja igualmente perplejo e insatisfecho, la creencia religiosa: un agente creador, Dios, que es el sumo ser, saca de sí mismo a la nada. Desde un punto de vista estrictamente lógico, la hipótesis científica es menos consistente que la creencia religiosa: ¿cómo sin un creador todopoderoso pudo emerger el ser del no-ser?

¿Pregunta válida o trampa del lenguaje? Si lo que Dawkins propone, precisamente, es la reconstrucción de los conceptos, ¿cómo querer comprender un fenómeno con herramientas ideadas para otros? El círculo no encaja en el cuadrado: las categorías de ser y no-ser son insuficientes. Otro agujero negro:

¿La inteligencia humana puede fabricar objetos más inteligentes que ella misma? Si atendemos a la lógica, la respuesta es negativa: para que la inteligencia humana crease inteligencias más inteligentes que ella misma, tendría que ser más inteligente que ella misma. Se trata de una imposibilidad a un tiempo lógica y ontológica.

Una vez más: Dawkins tiene razón. Lo cambiaría todo. En este sentido, las palabras de Paz me parecen las más tranquilas que podrían ofrecerse: están razonadas. Pero subyace una angustia, que provoca una búsqueda casi histérica por encontrar no una explicación, sino una desarticulación. Quizá en el caso del filósofo mexicano, su amor por el conocimiento lo mantiene sensato: al final, confronta el tema y reconoce su importancia. Sin embargo, detrás de su preocupación por “lo humano” –la noción de la persona y su libertad– creo que se revela el miedo –pánico– que los descubrimientos conllevan: cierto, tenemos una sed de conocimiento… Pero el Misterio también nos encanta. Nuestros mitos, también nos conmueven. La fe también nos alimenta. Nos han ayudado a sobrevivir. Si la razón es nuestra garra, como creo propone Dawkins, quizá lo que ocurre es un duelo: nos encariñamos con nuestras viejas armas, y no estamos listos aún para desprendernos de ellas. Desde donde estamos parados hoy, es mejor creer que el erotismo es sed de otredad a saber que es sólo una explosión de feromonas; que el amor es ansia de completud y no una búsqueda genética azarosa; que la libertad, más que una necesidad lógica, es una realidad…

miércoles 26 de octubre de 2011

Del ratatouillismo detrás de Susan Boyle

Ratatouille es la historia de Remy, una rata con un talento excepcional para la comida que se tropieza con la oportunidad de desplegarlo en uno de los restaurantes más prestigiados de París. Oportunidad, sin lugar a dudas, que surge a partir de una serie de contingencias que -sumadas- sólo pueden atribuirse a lo que se suele denominar destino. Porque, ¿de qué otra manera una rata podría comprobar que, en la cocina, es el chef más fantástico que París jamás ha conocido? Más allá de lo divertido de la película, está su originalidad... Y no porque la historia que cuenta sea única, sino porque narra un mito, más que conocido, de maneras que no habíamos imaginado: el self-made man es una rata... El dream es ser chef... Y the land of opportunities es, precisamente, Gusteau's, el restaurante más alabado de la capital francesa. La filosofía detrás de la historia es el gran anybody can cook. Es su premisa -de la cual parte el mismo Chef Gusteau- y su conclusión -que confirma el crítico Ego-. En pocas palabras, es la reencarnación del be all that you can be, con un twist de animación cinematográfica.

La historia de Susan Boyle es, en más de un sentido, análoga a la de Remy. Para quienes no conozcan la historia de esta mujer (que implica que rara vez –si es que nunca– entran a Facebook, YouTube o leen las noticias), ahí les va: hace apenas unas dos semanas audicionó para Britain's Got Talent, el equivalente inglés de American Idol. Sorprendió a todos los presentes, televidentes y -algunos dicen gracias al Tweet de Demi Moore (en el que confesó que le provocó las lágrimas)- a todos los cibervidentes. En cuestión de días el video de su audición contaba con millones de hits. Esta nueva Paul Pott (el ganador del primer Britain's Got Talent) se ha convertido en la sensación mediática del momento (y, para los que estamos sufriendo de la epidemia, en una gran distracción).


Ahora, su particularidad -igual que Paul Pott y Remy- está en es una mujer bastante fea. Es vieja, está pasada de peso, tiene unas cejas sobrepobladas, utiliza atuendos que son de hace años (por no decir décadas)... Claro, todos estos calificativos partiendo de un estándar de belleza: vieja, pasada de peso, cejas sobrepobladas y outfits garrapatosos de acuerdo a Hollywood (y todas sus ramificaciones: Cosmopolitan, Vogue, Elle, Vanity Fair y cualquier otra revista que acapare las listas de popularidad). Así como Remy, desde la perspectiva humana, no es más que una rata, Boyle, desde la visión dominante es su equivalente (al igual que Paul Pott, o, ¿alguien ha olvidado la burla implícita que predominaba al inicio de su audición?). Lo que comparten es el talento. Para la rata, su capacidad de convertir al platillo más sencillo es un pedazo de cielo; para Boyle, su voz, capaz de conmocionar al punto de lágrimas a más de uno...

Anybody can sing... Y cuando digo anybody me refiero -siguiendo la lógica descubierta por Ego- a que el talento se puede encontrar en quién menos espera uno... La pregunta obligada es: ¿en quién estamos esperando que se encuentre? Y, ¿por qué?

Está claro que como sociedad admiramos ciertas cosas... Pienso en el ejercicio mental -y a veces oral- que realizamos cuando encontramos una pareja: el listado de dotes. Belleza, inteligencia, sentido del humor y -este "y" es siempre fantástico- dinero. O: no tiene bellaza, pero -este "pero" lo es aun más- qué inteligente es ("está horrible, pero es millonario", "está idiota, pero qué guapa es", "es pobre, pero qué buena persona"). El "y" y el "pero" denotan una búsqueda: la del paquete completo. We want it all. Queremos belleza, inteligencia, riqueza, talento y benevolencia. En qué cantidades, depende de cada quién. En qué prioridad, también. Pero -supongo que como buenos animales darwinianos- buscamos lo mejor.

Lo interesante está en lo que resulta de "poseer" estos atributos: entre más se tengan, más fácil es la vida. Más puertas se abren. De antros, de trabajos, de relaciones, de restaurantes, de equipos deportivos. Y, a la inversa, entre menos se tengan, más difícil resulta la vida. Bien sabe el que no es guapo que necesitará de alguna artimaña para entrar al antro más in (arreglarse de sobremanera, juntarse con los que sí son, pagarle al bouncer una pequeña propina), lo mismo para el trabajo: más le vale ser brillante, en extremo hacendoso, único.

Vistas así las cosas, ¿qué es Britain's Got Talent? ¿Qué implica the land of opportunities? ¿Por qué necesitamos programas -o políticas públicas, llámenle como quieran- como éstos? La primer respuesta que me viene a la mente es: para que surja el talento... perdido en la fealdad, la estupidez, la pobreza (la geografía, la clase, la raza, el género, la preferencia sexual). Para que el talento que no ha sido oído, visto, olido, probado, tocado (alabado, documentado, explotado, aprovechado) por estar cubierto de características indeseables, salga a la luz.

Programas como Britain's Got Talent representan la puesta en práctica de la democratización de las oportunidades. Todos parten de la misma base, la posibilidad de que sean escuchados por tres jueces, mismos que sólo se concentrarán en un solo hecho: que sepas cantar; todo lo demás, no importa (como claramente demuestran los casos de Paul Pott -un gordo vendedor de celulares con una partidura bizarra entre los dientes- y Susan Boyle).

Siempre me he preguntado si somos capaces de concebir -vivir- en una sociedad sin distinciones. La respuesta a la que llego es que no. Y primordialmente porque somos diferentes. Entonces la pregunta se torna en: ¿en qué somos diferentes? Y, ¿de qué manera deben impactar estas diferencias en el funcionamiento social? Y, no sólo en el andamiaje colectivo, sino en la vida de cada quién.

Realizo esta última distinción, en particular, por las implicaciones de los derechos humanos (o fundamentales, o individuales, o constitucionales, llámenlos como quieran). A mi entender, es el piso mínimo que todo ser humano -o mexicano, o norteamericano (dependiendo de las latitudes geográficos)- debe tener. No importa si no tiene talento, si es horrible, si es estúpido o si es una persona bastante mediocre: su dignidad no se pone en duda. En este sentido, los derechos básicos -la clave está en lo básico- no distinguen. Y es lo que siempre deberemos cuidar al momento de erigirle himnos y estatuas a nuestros héroes. Porque no creo que puedan dejar de existir: El jugador de futbol que -como nadie- desliza el balón de forma tal que parece que vuela; El empresario que es capaz de revivir a una compañía del infierno; El político que moviliza al Estado entero con una facilidad que provoca nerviosismo; El artista que extrae del mundo la belleza eterna...

En este sentido, el movimiento de las otredades (todos aquéllos que no sean hombres, blancos, burgueses, heterosexuales, ¿católicos?, ¿occidentales?) es doble: por un lado, garantizar ese piso mínimo (porque no lo tenían) y por otro, permitir que el talento surja ahí donde menos lo esperamos. Quizá resulte en una mujer, un negro, un testigo de Jehová, un indígena...

La gran tragedia de las construcciones sociales (porque todos ellos adquieren su estatus de inferioridad a partir de una construcción social) es que su derrumbamiento tarda años (por no decir décadas o siglos). Y esto, primordialmente, porque la construcción -la cultura- termina por instaurarse en la realidad -la naturaleza-. Un sistema de valores termina por plasmarse en lo que cotidianamente vemos. Las ideas terminan siendo -literal- edificios. Pienso en el humo de las fábricas de la revolución industrial; en el Empire State building y la lucha por alcanzar el cielo; en los espectaculares que representan la guerra feroz del capitalismo por ganar terreno. En la racialización de la pobreza. En la feminización de la misma. En la predominancia de una religión. De repente, todo lo que vemos es lo que creemos.

En cierto sentido, ese es el gran obstáculo del género: la idea -según esto, basado en la materia- terminó por transformarla. Muchas mujeres son sumisas, sensibles, multi-taskeras, sacrificadas, delicadas, sacrosantas, frígidas, débiles. Muchas dejan el trabajo por el marido, por los hijos. Y los detractores, siempre tan pendientes de los errores e inconsistencias, lo señalan: ¡Ves! Pues sí, repítele a alguien una idea durante el suficiente tiempo y creerá que es lo correcto, que es no sólo lo correcto, sino lo que es...

Ahora, la pequeña dificultad en la que estamos metidos es cómo reconciliar cierto tipo de cambios deseables con la libertad. Es el gran reclamo a muchas feministas: soy libre de escoger ser madre, soy libre de ser ama de casa. Y, sí, sí lo son. Lo único que se pregunta es si es cuestión de personalidad o de predeterminación social (porque, God knows, no todo mundo nació para ser ama de casa, ni madre... Los problemas de tener cosas deseables y libertad es que todos intentamos a pesar de todo caer dentro del molde... Ser los sujetos de admiración... Es el fenómeno de las actrices/meseras... Pero bueno, ese es otro tema).

No lo sé. Este es un gran tema -el tema, diría yo, de la posmodernidad liberal-, pero por el momento, tengo que seguir trabajando... Aprovechando los múltiples dotes sociales que Dios (para eso lo inventamos) me dio...

Los dejo con Susan Boyle (no pude pegar el vínculo aquí, lo siento) y Paul Pott (me gusta más él...), y con la tarea de ver Ratatouille (si por alguna razón extrañísima, no la han visto). A ver qué opinan ustedes de todo esto...



Ahora, vean la construcción del mito en CNN...





La ausencia

Anécdota idiota: un día, al abrir mi clóset, sólo encontré dos calcetines, cada uno de color diferente. Ni siquiera dudé en ponérmelos. Supongo que muy el fondo asumí que los pantalones cubrirían la disparidad. Transcurrió el día sin mayor suceso, hasta que me encontré en la cama con quien entonces era mi pareja. Procedí a quitarme los zapatos, sin pensar en lo que se descubriría. A los segundos, escuché un pequeño grito de alegría: le pareció adorable que mis pies fueran pintos. Y, por ello, fui merecedora de un gran beso y un abrazo. Obviamente, lo que se debió a una imposición circunstancial -la falta de ropa limpia-, se convirtió en una decisión voluntaria: con orgullo comencé a utilizar lo que para más de un modista es una aberración. Y cómo no hacerlo: implicaba la posibilidad de revivir un momento tierno, cómico, íntimo. En el que, al revelarse la estupidez y torpeza propia, sólo se recibió cariño. Y en el que se construyó una complicidad, un secreto compartido, un mundo concreto: los calcetines representaban ese universo.

Hasta que la relación terminó. Y con ella, ese significado comenzó a perderse: de repente, no era más que una idiota que no sabía combinar sus calcetines. Sin esa otra voz que reinterpretara el atropello, éste era solo eso: un atropello. Lo curioso es que ocurrió mucho tiempo después de que el vínculo se había roto, formalmente. La deconstrucción de ese mundo suele ser tan lenta: incluso cuando se procede a la destrucción material de cualquier rastro, siempre quedan los trazos fantasmagóricos de su presencia. Inercias, asociaciones, sueños: aparece en donde menos se espera.

Y cuando menos se desea. Es subrepticio: una punzada, una sensación que acecha y no permite el descanso. De repente, toma posesión del cuerpo: es el hueco y –más aún– la conciencia del mismo. Es sentir sus manos en la espalda por un segundo y, después, percibir cómo se esfuman. Cómo se alejan, centímetro por centímetro: el aire del movimiento enfría la piel. No está ya. A veces es casi estúpida la forma en la que asalta: quién se iba a imaginar que la emoción que suscita el estreno de una película ansiada o la risa que provoca un pésimo chiste en la televisión podría resultar tan triste. Sí, se es solo un idiota volteando a ver al vacío asumiendo que ahí está. Pero no, no está ya.

martes 25 de octubre de 2011

Preguntas sobre asuntos cotidianos...

El amor es una apuesta, insensata, por la libertad del otro.
Octavio Paz


¿Se habrá equivocado el poeta mexicano?
¿Quizá el amor sea una apuesta, insensata, por el otro?
O, más aún, olvidemos al otro: ¿soy una apuesta insensata?
O, compliquémoslo: ¿somos una apuesta insensata?


Retrocedamos: ¿a qué se refería con la libertad del otro (mía, nuestra)?
¿Qué implica la libertad? Una elección. Pero, más allá: un movimiento.
El amor es una apuesta, insensata, por la estabilidad del otro.
Por la propia, por la nuestra: por un terreno común.


Pregunta: ¿cómo saber que ese terreno común alguna vez existió?
¿Que, en efecto, se trató de amor y no de algo más (¿qué?)?
La frase original refiere al continuo, mas no al origen.
¿De qué depende el amor? ¿Cómo reconocerlo?


Otra pregunta: ¿por qué deja de existir ese terreno común?
Por la inestabilidad del otro. Mía. Nuestra. Por la libertad.
Se trata de una elección. Es cuestión de voluntariedad.
El sí y el no, de ayer y hoy, son lo que lo determinan.


Concatenación de contingencias. Estupideces. Pequeñeces.
Que, sin embargo, forman un continuo. Un mundo.
Un universo. Un terreno común o un abismo.
De repente (¿de repente?): aquí estamos.


Una vez más, existe la elección. ¿Lo es?
Lo es. El destino debe elegirse.
Debemos elegirnos.
Tú y yo. Nosotros.

[La pregunta permanece: si no es así, ¿a qué se debe?
¿A ti, a mi, a nosotros?]

[Ironía: que todo se deba a la premisa,
y una se preocupe por su conclusión.]

Being a crazy hormonal bitch


Después de tantos años de ser mujer, y no ya señorita, puedo afirmar que sé que no me está pasando nada... Lástima que mis hormonas no opinen lo mismo. De repente, me poseen y me susurran las cosas más imbéciles que podría escuchar... Para todos los que están a mi alrededor: be afraid, be very afraid...

Sigo sin saber el funcionamiento del mecanismo químico de mi cuerpo, sólo siento cómo transmuta y necesita de cosas que por lo general le son prescindibles. Digo, ¿quién necesita una bolsa de rancheritos, un paquete de Life Savers, unos Cheethos, un brownie, un cheesecake, varios tacos al pastor, unas quesadillas con crema y más queso, una ensalada, unas brochetas de pollo y una Coca Coca de 1 litro sólo para cenar? Me atraganto de todo lo que se cruza por mi camino, metiéndome lo sólido, lo líquido y hasta lo gaseoso como si el fin se aproximara. ¿Ansiedad? Si sólo fuera tan fácil como enchocharse un Tafil. O hacer ejercicio. O, hacer el otro tipo de ejercicio (ah yes, the other white meat). No, no: la única forma de ser mujer y no rebotar es planear la dieta mensualmente y compensar por semanas. Éste es mi primer tip: coman poco -si no es que nada- durante tres semanas y luego sucumban a lo inevitable...

Ese (paquete de) Ferrero Rocher acompañado por 1 litro de nieve de vainilla. Esa bolsa familiar de Sabritas adobadas rociadas con Salsa la Botanera y limón. Esa pizza de salami con champiñones con extra queso, tomate y pan, acompañada por buffalo wings y cheese sticks. Esa Double Whooper Big Mac $6 Dollar Guacamole Burger que escurre grasa del tocino. Esa bolsa de Tootsie Rolls del Costco, que acompaña el bote de Mangogos diseñado para durar un mes. Esa malteada doble que culmina con crema batida y una cereza (más todas las otras que de seguro le rogaste al mesero que incluyera)... Sí. Sucumban, reinas. Es más fácil. Primordialmente por una razón: cuando se tiene PMS, estar frustrada es la peor opción.

Piénsenlo: de que se frustren hoy por no comer, a que se frustren en unos días por haber comido demás, es preferible el gran después. Cuando la cordura y la sensatez les hayan vuelto. Cuando los ductos lacrimonejos duerman y descansen de tanto ejercicio que les hicieron pasar. Cuando la luna llena esté menguante y el aullido no las posea más... Entonces sí, frústrense. Por el momento, coman, coman, coman. Remember, chocolate is your best friend.

Mientras se deleitan con los manjares grasosos del capitalismo veloz (porque si nos diera por el gourmé, ay, qué diferente sería la cosa), les sugiero que se acompañen con alguna película que refleje su ánimo. Ahora, dado que su ánimo es... pues, todos, les sugiero mejor que no vean ninguna película, sino que se queden viendo a la pared. Si no, se encontrarán llorando en las comedias, riéndose en las tragedias, apáticas frente a los asesinatos, y psicóticas frente a la felicidad: se percatarán de su locura. Y eso lo deben evitar a toda costa.

Por esta misma razón, reclúyanse y díganle adiós a todo contacto humano. ¡Si realmente quieren a sus relaciones, aléjenlas! Créanme, no importa cuánto nos amen, siempre tendremos que acabar pidiendo perdón. Bajo ninguna circunstancia marcar más de 30 veces en menos de media hora, hurgar los cajones y los maletines, intentar descifrar los passwords del correo, o escombrar los amigos y las fotografías de Facebook para dejar mensajes histéricos se justifica. Remember: PMS may get you out of a speeding ticket, but not out of a massive bitch fit in the middle of your lover's parents' dinner.

Ignoren las voces de sus cabezas. Sí, sí está trabajando. No, no salió "a ver a dónde y con quién sabe quién" (y no, no sabes con "quién"). Sí, sí te quiere. No, no parpadeó por más de una centécima de segundo porque le aburres, y secretamente desea dejarte para poder andar libre por la vida y encontrarse a otra más interesante. Sí, sí te quiere tocar. No, no se tardó más de una milésima de segundo en acomodarse porque en realidad le provocas asco porque cómo no vas a provocárselo si tienes PMS y te acabas de comer el supermercado entero. Repítanselo: it's not real, it's not real, it's not real, it's not real. Y corran de nuevo por el chocolate y enciérrense en el baño. Y si pueden, quédense ahí hasta el fin de la semana.

Sólo salgan para ir a trabajar. Pero siempre vean el piso: el contacto ocular está prohibido. Algo las conmoverá y las desmoronará. Si sus amigas de cubículo les ofrecen una sonrisa, lo tomarán como una invitación para contárles sobre cómo su amante maldito no está trabajando, no las quiere y ya no las toca. Llorarán y llorarán y se convertirán en La loca que lloró en la oficina (el equivalente adulto a La Loca que lloró en el salón). Si ven al superior, aunque sea por dos segundos, las atacará la paranoia de la-pérdida-del-trabajo-por-razones-ilógicas-pero-reales-porque-ustedes-en-el-fondo-se-acuerdan-de-esa-vez-hace-más-de-dos-años-en-la-que-llegaron-cinco-minutos-tarde. El SuperYo crece con la hormona: ese error de dedo será suficiente para lanzarlas a una histeria perfeccionista de tal magnitud que ni siquiera sus psicoanalistas podrán convencerlas de que errar es de humanos. Porque bien lo saben: humanos ya no son.

Son locas maniáticas hipersensibles y cursis que derrumban todas las teorías que pretenden igualar al hombre y a la mujer. Son la confirmación última de esas diferencias que resultan no sólo biológicas, sino mentales y emocionales. Son la materialización de la maldición deíca que alguna vez se le impuso a las portadoras de dos genes idénticos: la pérdida de la cordura, de la razón -siempre tan masculina- por unos días al mes, cada mes, durante años. Curiosamente, en la etapa más productiva (ay, el gran chiste cósmico).

Los tacones de aguja se rebajan y el corsé se afloja, pero la hormona... Ay, amigas, la hormona sólo puede esconderse, adormecerse, suprimirse temporalmente, pero nunca desaparecer. Si de escoger causas científicas se trata, yo escojo aquella que devele el Misterio de la Mujer y lo pulverice. Ya matamos a Dios, ahora sólo falta descuartizar un ámbito de su creación...



P.D.
Eviten escribir, o serán las Locas que creyeron tener la gracia y el talento para transformar su dolor mensual en una sátira digna de leer. Sólo para luego arrepentirse y conmiserarse, solas, en sus recámaras sobre las causas que las impulsaron a tan estúpida tarea. (Ja.) (¿Ven? Locas...)